martes, agosto 11, 2015

La Oroya: el dejà vu histórico.



Existe un pedacito de Marte en el corazón de Perú. Un lugar inhóspito, de aire enrarecido, de escasa vegetación y roca desnuda. Los humanos que ahí sobreviven han logrado cierta adaptación a la atmósfera extraterrestre a cambio de padecer los estragos de llevar en la sangre más elementos que una factoría a pequeña escala.


Desde inicios del siglo XX, vimos a La Oroya como al chanchito que hay que romper para extraer la mayor cantidad de recursos. En 1893, se completó el ferrocarril central entre esta y la capital con el único objetivo de transportar el mineral que proveía de sus entrañas. En este nudo de la cordillera aún no existía la extracción a nivel industrial, más bien se expandían algunos valles donde sobrevivían agricultores empujando, a punta de coca y punche, una abandonada agricultura. Pronto la minería fue vista como la salvación: pequeños, y algunos medianos mineros artesanales se organizaron en plantas independientes y comenzaron a extraer cobre. El nuevo pueblo fue creciendo.





Mientras tanto, Lima seguía siendo el Perú (aún antes de que Castañeda la nombrara país) y es por eso que a ninguno de aquellos políticos, que tenían un pie en la calesa y otro en París, les incomodó la llegada de una empresa internacional a montar una gigantesca fundición y refinería en ese perdido pueblito escondido en las aristas de una cordillera tan distinta a los Alpes. Más bien todo lo contrario, estrecharon manos con los neoyorkinos de la Cerro de Pasco Mining Corporation, sonrisas de festejo y mutuas felicitaciones por los prósperos años que vendrían. La Oroya solo era un nombre, una cruz en un mapa y un número progresivo. A más humo en los Andes, más humo de los puros en las reuniones del Club Nacional.

Pero no todos bailaron sobre esa glamorosa alfombra que escondía el polvo que devino en pólvora. Voces como la de Magda Portal, mítica figura de vanguardia, poeta y fundadora del APRA (no la linchen, luego se volvió una de las más firmes opositoras a Víctor Raúl), se elevaron a pesar de las presiones que venían de lo más alto de la política nacional. 


"Cuando llegó la corporación, no montó ningún mecanismo para despejar el humo de las fundiciones y refinerías y ni los pastos ni el ganado pudieron sobrevivir dejando a los campesinos sin ninguna otra opción que buscar trabajo en las minas… Los niños fueron los que más sufrieron por los humos venenosos. Su cabello dejó de crecer y sus dientes se ennegrecieron. Lo mismo le pasó a los ancianos que vivían en las zonas contaminadas por las minas de La Oroya."(1)


Sin embargo, el humo siguió (en el Club Nacional y por lo tanto en La Oroya), la Cerro de Pasco Copper Corporation (para los oroínos simplemente "la compañía") se volvió indispensable. La compañía crecía e insuflaba una vitalidad arsénica a la zona. El valle del Mantaro se abrió al capitalismo, más y más campesinos se convertían en trabajadores y "la compañía" brindaba servicios antes impensables más allá de la muralla virtual que aislaba Lima. Los campesinos, ahora proletarios, disfrutaron de estos servicios al precio de Mefistófeles: sus tierras serían estériles, sus vidas cortas, sus hijos nacerían enfermos y nada, absolutamente nada sería de ellos. 
"la compañía poseía virtualmente todo en su vecindad, desde los caminos, el agua y la energía eléctrica, hasta las escuelas, los hospitales, los políticos y los sacerdotes; hasta imprimía y circulaba su propia moneda, con la que pagaba a sus trabajadores para que gastaran en sus almacenes". (2)
Si no es por Manuel Scorza, el nombre de Rancas quedaría olvidado junto a muchas comunidades que desaparecieron en esta desenfrenada tragazón de territorios que inició la Cerro de Pasco Corporation. Scorza cuenta cómo los campesinos comienzan a atribuir como castigo divino las desgracias que se sucedieron en medio de la expansión de la mina (en una visión poética "la compañía quiere cercar el mundo"). El pueblo se desestructura y la modernidad es vista como un monstruo insaciable.

Campesinos y hacendados denunciaron daños a sus cultivos y animales, medio centenar de denuncias obligaron a "la compañía" a instalar equipos de control en sus chimeneas. Esto no fue para nada una victoria de los agricultores, todo lo contrario, la estrategia de los directivos para solucionar el problema fue más salvaje aún: si las aguas se ensucian y afectan a la vaca, la solución es matar a la vaca. Listo. Se acabó el problema. Es así como compraron 200,000 hectáreas de las tierras que rodeaban a la zona. Todas posesiones agrícolas, convirtiéndose en los terratenientes más grandes del país, "la compañía" ya contaba con medio millón de hectáreas de tierra. Había dejado de ser un punto negro en La Oroya para adueñarse de la mitad del departamento. (2)

Tal como ahora, cuando encendemos "Buenos Días Perú" por la mañana y vemos desfilar a economistas y especialistas vendiéndonos la minería como la panacea que curará la inminente desaceleración y estancamiento que se avecina, quienes dieron la cara a mediados del siglo XX (según Scorza) no fueron los ejecutivos de la compañía, si no mas bien sus "aliados" o mercenarios. Gente del Estado, incluso pobladores de la zona aismilados y asalariados. Todos coordinados manejando el mismo speech. 
Ya para entonces, es normal que se contrate a la policía para que se enfrente al mismo pueblo al que debería servir
"La “Cerro” ordenó a sus guardias adoptar una actitud más violenta contra aquellos salvajes que pretendían dañar la buena imagen que la “Compañía” ofrecía al mundo. Los Caporales acataron las órdenes recibidas y masacraron al viejo Fortunado, el único que se atrevía a dar cara a los vigilantes, a pesar de los golpes recibidos por su terquedad. El valiente comunero pronto se repuso y llegó a enfrentarse a mano con Egoavil el jefe de los Caporales. Lo hizo de pura rabia, al ver las ovejas degolladas de doña Tufina, vecina del pueblo." (3)



Esta escena de "Redoble por Rancas" ha sido repetida tantas veces por los medios durante los últimos años: comuneros y honderos rebelándose contra policías y vigilantes de las grandes empresas; que ya no sabemos si la imagen pertenece a Conga, Tía María, Antamina, Tumán o Hualgayoc. Algunos creen que es algo nuevo y es tan antiguo como los balazos con los que reprimía Sanchez Cerro a los mineros que llegaron a Lima. Estuvo tan fuerte la cosa que la capital de Junín (que había estado en Cerro de Pasco) se tuvo que trasladar a Huancayo.

Sin embargo, abundan quienes señalan el síntoma o la condición en sí como el origen del problema: se preocupan en atacar la fiebre y no se preguntan por el origen. Para ellos la fiebre es el mal en sí y no se atreven siquiera (por falta de conocimiento muchas veces) a preguntarse de dónde viene la fiebre. El ibuprofeno no va a curar ninguna infección y llegará un momento que no haga absolutamente nada. Eso suele pasar cuando se señala a Velasco como origen de todos los problemas.

Un escándalo tremendo ocurrió durante el primer gobierno de Belaunde Terry: la página 11 del contrato entre el Estado y la International Petroleum Company "desapareció". Dicha página contenía la prueba de un ominoso negociado entre el gobierno e intereses estadounidenses. Tras conocerse los hechos, nuestro hoy candidato presidencial Pedro Pablo Kuczynski huye del país en la maletera de un auto especialmente acondicionado para llevarlo hasta Ecuador. Fue acusado junto a Rodriguez Pastor. PPK, en EEUU fue "recolocado" y "premiado" con un puesto en el Banco Mundial. Esta también era una fiebre. La infección está todavía ahí.

En ese contexto, el dictador ordena la nacionalización de diversas industrias, entre ellas la minería. Así es como el complejo de la Cerro de Pasco pasa a ser CENTROMÍN PERÚ, operando para el Estado hasta finales de los 90.

Recuerdo que de niño veía en las calles a varios mineros con sus cajitas pidiendo limosna. A falta de campos fértiles, animales u otro trabajo que no sea el de vivir acarreando piedras, tuvieron que venir a Lima con sus familias a sobrevivir como pudieran. Hoy sé que eran parte de esta mina, muy mal llevada y con una productividad en picada. Es así como Fujimori vendió el complejo a Ira León Rennert, el único dueño de Doe Run Perú. Bastaba preguntar para saber que este señor era considerado el contaminador privado más grande de EEUU.
"En Estados Unidos de Norteamérica durante  trece años (IRA LEÓN RENNERT) se ha mantenido en el primer lugar como el peor contaminador del aire de los Estados Unidos, según lo indica la Agencia USA de Protección del Medio Ambiente. El Grupo Renco de su propiedad recibió la orden de pagar un millón ochocientos mil dólares al Estado de Nueva York en una querella por contaminación generada en operaciones mineras." (4)

Uno de los compromisos que asume Doe Run es el cumplimiento de un Programa de Adecuación y Manejo Ambiental (PAMA) y se le otorgó 10 años para ello. Sin embargo, después de largas y nuevos plazos, no se llegó a cumplir, Doe Run se declaró en quiebra y pasó a manos de un administrador concursal: PROFIT, dirigido por un exministro.


Se me acerca un niño a venderme chocotejas, parece de clase media, cómo ha cambiado el país. Enciendo la radio y escucho a uno de los dirigentes de La Oroya que reclama apoyo del gobierno y la reactivación del complejo: PROFIT ha decidido cerrar las operaciones de la mina once días antes de lo acordado, pues no pueden alcanzar el estándar de calidad ambiental exigido por el gobierno. La voz increpa y arenga:  La Oroya se volverá a levantar. Ya cerraron la carretera. Otro conflicto social. Otra vez saldrán los anti y los pro. Volverá la policía tarde, mal y sola. El dirigente afirma que no les importa la contaminación, piden se flexibilicen los Estándares de Calidad Ambiental del Aire que se impusieron justamente para protegerlos de las emisiones de azufre y plomo. Comienzan las movilizaciones desde Huancayo y Huancavelica. 

La última vez que pasé por La Oroya, la carretera cruzaba en medio de casuchas con servicios diversos, muchos bares, cabinas de internet, tiendas de electrodomésticos con televisores inmensos. Pero todo gris y forrado de plástico azul. Taxistas estacionados en dos filas, escándalo de jaladores, ambulantes y ese olor metálico que se te pega a la piel.

El recuerdo de esa Oroya que conozco desaparece con el grito del cobrador y la humareda que no logro dejar afuera subiendo la ventanilla. El Congresista Jhonny Cárdenas y Federico Pariona están en La Oroya, dice la voz. Otra, dentro de mí, se pregunta ¿ya para qué? Ah, vienen elecciones. Demasiado tarde, pienso, todo el auto está lleno de ese desagradable olor a combustión, esa mezcla de plomo, gasolina y polvo que me acompaña aún dos horas después que me siento a escribir sobre esa sensación de ya haber vivido todo esto.




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Referencias:


(1) Peruvian Rebel: The World of Magda Portal By Kathleen Weave

(2) Nación y sociedad en la historia del Perú - Peter F. Klarén

(3) Redoble por Rancas y Manuel Scorza - Jorge Varas 


1 comentario:

pepealania dijo...

La contaminacion recien es tomada en cuenta en los 90, La Cerro de Pasco, mantenia a sus trabajadores con mejores estandares que el dictador Velasco, cuando el nacioanalizo la empresa , recuerdo quemipade decia que ya eramos dueños de la empresa, y asi empezo la desgracia, la gente se robab cosa de la empresa, total eran de todos y de nadie, Centromin crecioen trabajadores afines a cada gobierno, y cuando ya no daba paramas , vino Fujimori y lo partio, si se vendia como una unidad todoubiera sido una gran empresa....si Antamina fue unproyecto que lo retomoLa Cerro Pasco...