jueves, marzo 20, 2014

Marcha por la muerte


Año 2002. Mafe tenía como seis meses en la barriga de su mamá y una fiebre alta nos llevó a pasar la noche en el Hogar de la madre. Cada cierto tiempo, de madrugada, me escabullía a tomar un café de la máquina y a sapear lo que pasaba en la sala de emergencias de un hospital especializado en partos, o sea muy poco.

Los años han ido velando el recuerdo de esa noche, pero el extraordinario artículo de Jimena Ledgard sacó de mi mente algunas imágenes y frases de esa madrugada: recuerdo a una pareja de jovencitos, no tendrían más de 15: ella en bata y quejándose de un dolor horrible, él casi tan pálido como ella. Parecían un par de vampiros con los labios pálidos y las ojeras largas, sentados en la sala de espera. Las enfermeras pasaban delante de ellos, en lo suyo, con otras cosas que hacer más importantes que asistir a ese par que a simple vista la estaba pasando muy mal.

Los vi la primera vez que salí, ella tenía la mano en el vientre y se quejaba de dolor. Conforme pasaban las horas, y a cada salida mía, la joven estaba más pálida, era obvio que se estaba desangrando. No pude más y me acerqué a la estación de enfermeras a preguntar por qué no atendían a esa criatura que estaba claramente a punto del desmayo. La respuesta de la enfermera me dejó helado: "Nosotros no podemos ni siquiera tocarla, ella ha venido con un sangrado y si le pasa algo después es nuestra culpa". Mis intentos de encontrarle lógica al asunto con la enfermera fueron vanos. Hasta que lo asumí como una pérdida de tiempo.

Me acerqué a la pareja, los dos asustados, ella pálida y con las ojeras más marcadas, la misma enfermera pasó por nuestro lado y les soltó: "¡Qué habrán hecho pues! ¡De dónde habrán venido!" Los chicos la miraron con vergüenza y culpa. Yo, bastante inocente, intenté hablar con la jefa de las enfermeras. Me explicó lo mismo, con un poco más de paciencia y floro. Y yo: "¡Pero se puede morir ahorita mismo y es casi una niña!" Me explicó que esos casos los recibían a diario, que ellos no podían hacer nada porque era muy probable, por más que ahora lo negaran, que viniera de hacerse un aborto clandestino y que luego era muy complicado comprobar que no lo habían hecho ahí, con algún personal del hospital. Que generalmente eran menores de edad, que luego tendrían que cargar con una problema judicial y con los padres que se les vendrían encima. A mi insistencia prometió que intentaría comunicarse con algún familiar.

Antes de subir les di una última mirada: a oscuras, en medio de la atmósfera fría que tienen las salas de emergencia a las cuatro de la mañana. Solos, absolutamente solos: sin sus padres, sin el Estado, sin un santo que los proteja, nadie.

Seguro pensé en mi hija, o tal vez ese recuerdo lo esté sembrando once años después ahora que escribo esto. Yo no quiero eso para ella, si ella no se siente preparada o cómoda para decirme que está pasando por un aprieto o por una situación complicada, lo último que deseo imaginar es una llamada al día siguiente con alguien confirmando mi nombre y preguntándome qué soy de mi hija. Ese trance horrible que uno daría todo por no vivir jamás.

Recomiendo leer el artículo de Jimena aquí: http://espacio360.pe/noticia/actualidad/pancartasdemarchaporlavida-fd71#.Uyu7h16-m5X

No hay comentarios.: