sábado, marzo 22, 2014

Diferente pollera para la misma paisana.


Desde el cuarto escucho a mi hija de once años reir durante un sketch de la Paisana Jacinta. Me acerco y le pregunto de qué se ríe. Se inicia una conversación que se repite por puchos a lo largo del día: en el auto, en la mesa, en la calle.

Dentro de la conversación, mi primera línea de argumentos: el humor tonto, básico y fácil. De mala calidad, sin gracia, en resumen intentaba convencerla de la mala calidad del producto que estaba consumiendo y que, de alguna manera, le causaba risa. Fue fácil que ella decidiera que yo no calificaba para jurado de ningún tipo de programa que fuera interesante para ella o sus congéneres. Un error de estrategia: los peones habían comenzado en mala posición y ahora la niña me tenía en jaque. 

Cuando criticamos el humor de este personaje, muchas veces hacemos lo mismo que yo y cometemos el error de calificarlo. Cientos de adjetivos han llovido en las redes sobre el bodrio, que es chato, ramplón, de ínfima categoría, basura, facilista y una serie de adjetivos que muchas veces nos colocan, a quienes lo vemos como dañino, en una posición fácil de atacar con cualquier argumento poco profundo y primarioso. Hemos visto cómo intentan rebatir, desde esa posición, a una confundida estudiante de filosfía, que intenta hilvanar palabras en un pasquín auspiciado por un grupo de conservadores; hasta al periodista por encargo, desde la misma casa de JB, lanzando cuchillos a quienes intentan criticar el programa de la Paisana.



Nos ponemos en bandeja pues. La crítica contra la Paisana Jacinta no debe ir por criticar si es vulgar o si los guiones son básicos, previsibles y repetitivos. Eso es justamente parte de la propuesta del programa y de la libertad que tenemos todos para elegir consumir o no chatarra. Es de ahí desde donde se van a agarrar quienes fungen de "liberales" o de defensores de la empresa que les paga el sueldo.

Hoy la congresista de procedencia andina, Hilaria Supa, ha recibido una andanada de insultos racistas por las redes sociales luego de pedir que se levantara del aire el programa de marras. Este tipo de programas conecta al personaje de ficción (a la Paisana Jacinta), con la gente que no tuvo al castellano como lengua materna, a quienes vienen de la sierra, a quienes usan una vestimenta particular de una zona geográfica diferente a Lima (a "las paisanas", como Hilaria Supa) y crea un vínculo que se refuerza en cada sketch, en cada chiste, en cada broma que se repite hasta el hartazgo; con cada adaptación de esta dinámica en el colegio, en la universidad, en el trabajo. Aparece "la paisana real" y es fácil conectar con el insulto que los personajes dan a la de ficción: "¡tú qué vas a saber oye llama!" o escribir en el facebook, insultando a la congresista de carne y hueso, pero paisana al fin: "¡anda serrana regresa a tu tierra!

La historia del humor está llena de estereotipos. Es la caricatura lo que nos da risa, la ruptura de lo normal, de lo cotidiano: la exageración. Lo que pasa con La Paisana Jacinta, y lo que debemos criticar, es que estamos fortaleciendo un estereotipo proveniente del racismo, con el que se califica de manera negativa a una persona (o grupo de personas) por su origen, costumbres e idioma.






En un experimento se pide que dos hombres intenten abrir un auto con un alambre en medio de la calle, uno de ellos es blanco y el otro negro. El blanco intenta levantar el seguro mientras la gente pasa sin que les llame mucho la atención. Al cabo de un rato lo logra, enciende el auto y se va. En otro momento, en la misma calle, el negro comienza a tratar de abrir la puerta. Al minuto la gente se pasa la voz. En menos de dos o tres minutos el pobre chico es arrestado a pesar de que grita que el auto es suyo y los documentos están dentro del mismo.

¿Por qué habrá pasado esto? María Fernanda (mi hija): "Porque en las películas siempre vemos a los negros como ladrones y delincuentes". 

Hay programas de humor para niños, para adultos, para tontos e inteligentes. Para gente que no quiere pensar, para gente que sí. Argumentar sobre el problema de la Paisana Jacinta y los demás programas que denigran y restan legitimidad a grupos por su género, origen o idioma criticándolos por su "tipo de humor" o poniendo en duda su "calidad", es ponernos el bonete de "intelectual" y nos hace presa fácil de quienes intentan descalificar nuestros argumentos desde el punto de vista comercial y de la "liberalidad". 

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