lunes, febrero 17, 2014

Venezuela


Un país que me genera sentimientos encontrados. Difícil de recordar y más aún de olvidar, siempre en conflicto conmigo. Podría quererlo por los recuerdos y comentar con dulzura sobre sus calles arboladas y sus casas en pendiente. Pero el final es doloroso y bastante triste como para que el idilio se sostenga.

Yo nací en Venezuela, cuando tenía cinco años. Nací y no lloré como todos, lloré después. Era muy temprano en la mañana cuando comenzó mi nueva vida, esperaron que abriera los ojos para decirme que se había ido. Hipotecamos nuestra felicidad, para vivirla en el futuro, y el destino nos cobró a la primera cuota, dejándonos en la calle. Tanto tiempo de viaje, sin verlo, para que al llegar nosotros se muera.

De pronto las calles en pendiente fueron difíciles de subir con la bici Caloi que me acababa de regalar y las alamedas se transformaron en bosques asfixiantes. Luego el colegio: la voz cantada, que me causaba tanta gracia, se convirtió en un idioma nuevo, complicado, difícil de entender.

Quise ver ese país de lejitos, como al antiguo amigo que no quieres saludar. Esos que evitas porque tienen mucha historia contigo. Pero es inevitable encontrarlo hoy y pensar que nosotros estuvimos ahí porque era la promesa latinoamericana: aquí había una dictadura y allá soplaban tiempos modernos. Todos intuían un futuro cargadito de promesas. Los sueños salían a borbotones, como el petróleo que manaba de su vientre. Cómo son las cosas: 35 años después aquí se habla de bonanza, allá hay una dictadura y lo que comienza a brotar de su seno es sangre.

Nuestro continente no deja de ser una paradoja, un dejà vu, la repetición de nosotros mismos. Hoy la libertad, mañana una decena de años en opresión. Hoy la esperanza, el crecimiento; mañana el luto, la desolación. No es necesario ser un gran economista o sociólogo para darse cuenta de que todo es cíclico.

La fila de gobernantes venezolanos, desde hoy hasta donde tengo memoria, está compuesta de tipos crueles y torpes pero, sobre todo, corruptos ¿acaso no lo han sido también los nuestros? Toda esa bonanza, que sale en los artículos sobre el crecimiento económico peruano, con fotito de papá, mamá e hijos incluida; esa hada constructora de carreteras, edificios, carros nuevos ¿no es la misma que revoloteó la llanura cuando mi papá decidió esquivar la ola de crisis que se veía venir a Perú y vivir la promesa venezolana?

La injusticia en Venezuela, el caos, el dolor de las familias. La impotencia ante los abusos de la dictadura, la torpeza y brutalidad de su presidente sumados a una larga historia de desigualdad, falsas esperanzas y engaños, abren hoy una herida que va a tomar tiempo cerrar. Pero también es una advertencia a aquellos que se llenan la boca hablando del milagro peruano. El crecimiento con desigualdad, con corrupción y abuso no son otra cosa que hipotecar el futuro al diablo.

Cuando la curva caiga, cuando nos toque, porque nos va a tocar en algún momento, ¿para dónde vamos a mirar? ¿Tendremos, ya cincuentones, esa sensación de dejà vu, de haber vivido eso en alguna pesadilla?

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