miércoles, diciembre 07, 2005

Fin de clases.

Elisa plancha en su habitación. Sabe que, en unas horas, la blusa de tela inmaculada estará manchada y hecha girones. Después peina su largo y brillante cabello imaginando el regreso a casa totalmente despeinada y emocionada. Carga su bolso y sale.

Como siempre el "profe" la espera en la panadería de la esquina. Se acerca al auto y mira que nadie la vea. Abre la puerta y se acomoda mientras él mira el jugueteo de las rodillas debajo de la breve falda. Ella lo nota y sonríe. No le gusta. Pero le cae bien, lo admira. Nada más. Rompe la mirada con un beso veloz. Él enciende el auto y se acomoda los lentes, sonríe nuevamente y pregunta:

- Cuéntame ¿cómo estás?

- Bien...

Él suspira mientras avanza por la calle húmeda y fría. Le pone la mano sobre la rodilla:

- El último día... ¿estás triste?

- Si, te voy a extrañar, profe. Mucho

Lo mira con dulzura y sus ojos hablan de la misma tristeza. Él le dice que también está triste.

Ella está feliz, no cabe en su cuerpo de felicidad y emoción. Es el último día de clases y nunca más tendrá que levantarse a las seis y media, ni preparar tareas interminables, ni aguantar veinte horas semanales de escuchar teorías mientras todos se dan cuenta que él la mira como si fuera un pavo en Navidad.

- Si podrías ser su hija ¡Por Dios!" - Le había dicho Raúl al enterarse que habían salido a tomar un café un sábado por la tarde. - Es obvio lo que quiere ¿no?

- Es un tipo inteligente e interesante.

- ¿Interesante? Te dobla la edad. Es tu profesor y tú una niña que busca la figura de un padre nada más.

- Bueno pues, todas lo hacemos de alguna manera ¿no?

- Pero de ahí a meterte con el viejo ese... qué asco.

No le importó. En el fondo a Elisa nunca le importó nada. Su vida sentimental se resumía a un suceso consecutivo de personajes que habían querido entrar en su vida. Fácil: ella los dejó entrar. Nunca se había enamorado y no tenía la esperanza de hacerlo. Por eso hasta ahora había sido simple volver a abrir las puertas y dejar que los que entraban salieran. Fue fácil que el profe entrara en su vida sin que ella supiera muy bien en qué se estaba metiendo.

Es temprano y las calles adquieren la pesadez de las mañanas. Mira de reojo al hombrecito que maneja agestado. Mira los labios que le dijeron palabras que había oído sonriente, las manos que habían escrito línea tras línea consiguiendo abrumarla y alimentarle el ego. Le mira la camisa, el pelo, los ojos.

- Déjame aquí.

- Pero todavía falta para llegar al colegio y... todavía tenemos tiempo mi loquita preciosa.

- Para, me bajo aquí.

- Pero...

El auto se detuvo y ella le sonríe con dulzura.

- Gracias.

Ahí van los dos últimos años de clase. Les abre la puerta con agradecimiento y dulzura. Baja y desde el auto una voz dice algo que no se puede oir por el ruido de la calle. Camina por el jardín central de la avenida principal, la mañana se empieza a llenar de tráfico y de bocinas ruidosas. Camina entre los autos, entre las personas, contra la corriente. Llega a casa y abre la puerta.

- Hija, ¿no has ido a clase?

Su madre la sorprende entrando a la cocina. Viste el sastre celeste de toda la vida. Cuántas veces hubiera querido saber un poco más de ella, cuántas veces se puso ese sastre a escondidas y taconeó por la habitación. Sólo para sentirse un poco como ella, sólo para conocerla más, para acercarla.

- ¿Y tú? No fuiste a la oficina.

- Sí. Si fui, pero regresé.

- ¿Por?

- No sé, creo que flojera...

- ¿Viniste por que sí? Qué raro... Pero si nunca faltas.

- ¿Acaso no hay clases?

- Sí, pero tenía algo que hacer. Además el colegio ya acabó.

- ¿Qué tenías que hacer?

- No sé. Algo.

- Yo también ¿vamos a tomar desayuno a la calle?

Sube corriendo a su habitación a ponerse unos jeans y un polo, se mira al espejo y sonríe. Se ve más bonita, un poco despeinada y emocionada, pero igual más bonita. Para qué maquillarse. Le da una mirada al uniforme sobre la cama y se acerca. Coge la blusa de tela blanquísima y, con la tijera, la hace dos cortes para hacerla girones.

Ya está despeinada, emocionada y feliz. Carga su bolso y sale.

1 comentario:

Rain dijo...

Escribes sobre nenas y mujeres en laberintos... :)

Aquí, la chica cortó su blusa y su inocencia.


Salutes.