lunes, agosto 17, 2015

La ruta de las fieras

-No sé para qué viniste -dijo García con un gesto de desprecio tan evidente como su gordura y su metro noventa y seis- ya tenía todo resuelto, lo único que buscas es protagonismo, como siempre. 
-Ningún protagonismo, gordo. No te pongas así -dijo el enano con engolada voz.
-Alejandro... no entiendes ¿no? tú ya estás fuera.
-¡Ningún fuera! -el enano alzó la voz -¡aquí no se acaba nada hasta la segunda ronda!

El viento golpeaba con fuerza y los últimos rayos de sol ensayaban arabescos de sombra en la arena.

-Mírate gordo, ni siquiera puedes caminar. Yo estoy acostumbrado a este ritmo, desde cuando era un niño, me caminaba el arenal...
-Hace un calor de mierda y no veo el camino. Ahorita aparecen los muchachos para sacarme de aquí. Lo siento cholo, no sé si haya espacio para llevarte. -El rostro inmenso y sudoroso brillaba en su más amplia sonrisa. El más pequeño daba desacompasados pasos para alcanzar los trancazos del obeso.

-No te vas a malear pues gordo. ¿Me vas a dejar aquí? ¡Negociemos primo!
-¿Qué tienes que ofrecer? ¡Estás cagado hermano! ¡Cagado!-  resopló con dificultad mientras sus grandes zapatos se hundían en la arena fofa y aún caliente.

El enano apuró el paso mientras pensaba qué responder, el gordo dirigió los ojos al horizonte y, a través de un velo de arena, vió unas sombras que se acercaban dando la contra al viento. De inmediato se detuvo y el pequeño bulto se estrelló contra su nalga:
-¡Te dije cholo! ¡Ahí están los muchachos! Ya vienen por mí. De aquí nos vamos directo para arriba.
García se alisó el pelo, sacó un pañuelo y enjugó la frente.
-No me cagues gordito. -Alejandro lo miró como quien mira a un ex que no te recuerda.
-Tas hecho cholo. No te preocupes hermanito que yo mando por ti apenas llegue. No lo dudes.
-Pero ya es de noche, no seas malo -sollozó mientras movía la cabeza como una negación.

El viento arrastró las voces de las siluetas que, cada vez más cerca, agitaban los brazos:
-¡Choooloooo!
-¡Goooordoooo!
-¡Cholitoooo!

El gordo levantó la frente como estatua romana y, por primera vez en el día, rompió la sonrisa:
-Me estás jodiendo. No puede ser. -Dijo entre dientes para sí.

Cuando el trío llegó, una voz castrense y monocorde surgió de un muy erguido soldadito:
-¡Caballeros! hemos venido con el equipo para auxiliarlos y encontrar el rumbo adecuado. Según lo consignado en la orden, es para el lado contrario. Así que vamos a proceder. -El soldado correcto aparentaba ser el líder y el único con la vestimenta y equipo para recorrer el árido paisaje.
- De ninguna manera -reclamó el segundo del nuevo grupo: un anciano colorado en pantaloncillos cortos y con cara de guía de safari -ya hemos visto lo que ocurre del otro lado. Necesitamos probar nuevas rutas, buscar una pendiente para hacer el camino de bajada.

El gordo aún permanecía erguido, la frente en alto y los ojos en la nada.
-Te dije gordo, teníamos que hablar, todavía podemos -le susurró Alejandro a la altura de la rodilla.
-¿Qué mierda hacen todos aquí? -dijo entre dientes -¡Me van a recoger a mí, me van a llevar a mí, no entiendo por qué tenían que venir todos! -Los ojos del obeso iluminaron los rostros como un fogonazo.

Una figura femenina, regordeta y petisa, apareció detrás del gringo:
-Yo que tú no me pondría así. No todavía. Guarda tus energías, todavía falta bastante.

La noche estaba tan cerrada que era imposible ver. El gringo anciano propuso armar un refugio. Todos estuvieron de acuerdo, menos el gordo. Prefería mirar en qué momento aparecería su equipo para sacarlo de ese inhóspito lugar.

El soldado armó el refugio en un par de minutos y Alejandro lo abrazó como compinche de barra:  -Cachaco, tú sabes ¿ah? -Sacó una pequeña chata- Te "envito". ¡Chupa!

Ninguno pudo cerrar el ojo. Los incomodaba el figurón que hacía sombra en la puerta.
-Oe china, habla con el gordo. Que descanse. Me paltea verlo ahí todo cojudazo. Cree que van a venir por él.
-Nadie va a venir.
-Pero dile pe. Hace rato está con la misma cojudez.

La mujer salió y conversó un par de minutos con el obeso. Al cabo de un rato entraron los dos.

-¡Buena chinita! Lo convencistes - el enano celebró y, casi de inmediato, le dio un sorbo más a la botella.
-Las mujeres siempre saben cómo convencerlo a uno -dijo el soldado.
Entre todos se arroparon y acurrucaron para pasar la noche.






El amanecer se coló por las paredes mal montadas del refugio. El primero en ponerse de pie fue el soldado:
-¡Vamooo! ¡Levántense! Tenemos que aprovechar el día.

Uno a uno fueron saliendo de la covacha mientras el soldado hacía polichinelas.
-¿Oiga no es un poco ilógico que gaste energía en estos momentos? -Preguntó el gringo anciano.
-Yo tengo un entrenamiento de primer nivel. El cuerpo es como una máquina, si no está activa se malogra.
-¿Pero no sería mejor economizar ahora para que la máquina funcione después?
-Negativo.

Luego de empacar las telas y cañas del refugio, el grupo siguió su camino. El soldado había aceptado no seguir el camino que había propuesto la noche anterior, pero tampoco continuar por el que estaban yendo. -Ni un extremo ni el otro -había dicho- ¡para el medio!
-No tiene ninguna lógica. -Dijo el enano, pero ya nadie le hacía caso porque estaba nuevamente borracho.

El mar de arena se extendía por los cuatro lados. Desde lo alto, un grupo de aves negras los veía arrastrarse penosamente dejando tras sí una zigzagueante y línea punteada en la arena caliente. Solo el soldado, que estaba al frente, caminaba con paso firme.

-¡Basta! ¡No puedo más! ¡Aquí me quedo! -Gritó Alejandro rindiéndose sobre la arena. El rostro enjuto, seco e insolado parecía un cuarteado mascarón de barro rojizo. El grupo siguió caminando. El gringo reclamó: -¡Oigan! no poder dejarlo al hombre así. ¡Es un ser humano! -Solo el cachaco volvió por un instante pero ninguno dejó de avanzar. El gringo insistió un par de veces más, yendo y viniendo de la cola a la punta del grupo.

- La ley de la vida, maestro. -Terminó por responder el soldado mientras el cholo se convertía en solo un pequeño grano de arena en el horizonte.

-China ¿te queda agua? -la piel del gringo se había pegado a los huesos, ya no sudaba, los pies se le hundían en la arena convirtiendo sus Barker Black Ltd en jirones de yute
-Creo que no. Tengo para una media hora más. Un trago y ya. -Mintió la gordita mientras ocultaba la pequeña cantimplora debajo de los senos.
-China, solo una gotita. Ya no jalo. -La frase se le cortó en una tos seca, de piel con piel, asfixiándolo y enrojeciendo más el rostro anciano e insolado.
-¡García! invítale un poquito de agua al viejo. Se está muriendo.
-Pero tengo solo un poco.
-Sé bueno, es solo un viejo, hay que ser humanitario, aunque sea en sus últimos momentos. - García hizo un gesto de desdén. Sacó una botella, llenó la tapita con dos gotas y las dejó caer sobre los labios del gringo. El anciano luchó por hidratarse pero era insuficiente. Cayó al piso temblando.

-¡Ustedes no cambian! Encima se cagan de risa. ¡Esto es inmoral! -El soldado correcto increpó a los gordos que reían mientras el anciano agonizaba. y sacó un revólver. Las risas cesaron. Gordo y gorda se miraron intimidados. El soldado apuntó a la boca del anciano. Disparó. Un delgado chorro de agua salió del arma. El anciano resoplaba mientras bebía del cañón salvador. Aún sorprendidos, García extendió el brazo pidiendo silencio:

-¿Escucharon eso? ¡Un auto! ¡Un auto! -El grupo intentó subir la duna, arrastrándose como muertos vivientes. El anciano quedó atrás con el soldado quien ya tenía signos de deshidratación severa. Solo los gordos, gracias a sus reservas de glucógeno y al agua que mantenían oculta, podían mantenerse en movimiento bajo esas condiciones.

Un auto negro, de lunas polarizadas, se había detenido a unos veinte metros de la duna. García comenzó a bajar a tropezones:

-¡Muchachos! ¡Mis búfalos queridos! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! Sabía que no me fallarían, sabía que...

Del auto bajó una mujer vestida de sastre. El gordo se detuvo de inmediato, la reconocía. Era la esposa del soldado correcto. Los dientes de la mujer brillaron en una sonrisa divertida. Hizo un silbido corto y de inmediato el soldado se cuadró ante ella.

-Te ves como una mierda. As-que-ro-so. -Dijo con voz chillona.
-Han sido muchos los contratiempos, pero han sido superados. Ahora con el apoyo del vehículo aquí presente, calculo que será más fácil.
-No funciona.
-¿Cómo que no funciona?
-Se me acaba de acabar la gasolina. Justo, de lechera, te he encontrado.
-Pero mi amor, se supone que estaba calculado el combustible para la ruta. La ruta...
-Ay pero no todo tiene que ser como dice el guión, me fui un ratito al mall a comprar un par de cositas. Ahora sácame de acá, que hace un calor espantoso.
-¡Es usted una irresponsable! - le espetó el enrojecido obeso. La esposa del soldado correcto lo recorrió con la mirada de arriba a abajo.
-Y usted un impresentable. ¿No se ha visto en el espejo?

García se pasó la mano por la cabeza y se acomodó el pelo. Un pañuelo asqueroso recorrió su cuello y frente. Fingió una sonrisa:

 -Señora mía, en este paraje eriazo todos terminamos siendo impresentables. Dele tiempo al tiempo.

El grupo caminó por dos horas más, el viento se estrellaba contra la piel viva de los caminantes mientras que, a lo lejos, la figura del auto era devorada por las dunas. El soldado correcto miró su reloj, luego sacó un cuaderno de notas. Después de un rato repitió la operación. Ella lo observaba en silencio, protegiéndose del viento con su sombrero Chanel:
- ¿No me vas a decir?
Él fingió tomar notas dibujando unos garabatos en el cuaderno.
-No entiendo ¿qué tengo que decir?
-Te conozco. Sé qué te pasa. ¿Estamos mal no? Este no es el camino. -Dijo entre dientes la esposa.
-Eh...
-¡Ya sabía! No digas nada, que nadie se entere. Ya bastante tenemos con caminar en este lugar horrendo como para aguantar a todos estos quejándose.
-Pero mi amor -murmuró el soldado -¿Qué vamos a hacer?
-Nada. Tú finge, no digas nada. Sigue. Vas a hacer lo que yo te diga.

(¿continuará?)

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